Tenía que escapar de la telaraña. No podía entender como había caído en la trampa. Mis brazos se encontraban totalmente inmovilizados por aquel elástico y repugnante tejido. Un compañero, sin que nadie lo observe, se acercó hasta mí e intentó ayudarme a escapar. Trató de romper los lazos que me atrapaban. Me hablaba sin parar. Me daba extraños consejos. No podía liberarme. Ya sin fuerzas, y sin más nada que decir, comprobó que me encontraba perdido. Nada podría sacarme de allí. Me dio un tímido besó en la frente, soltó un par de lagrimas contra la impotencia y se fue. Había sido mi mejor compañero, al que más afecto había logrado tomarle. A pesar de que en esos lugares siempre es muy difícil mantener una buena relación con los que nos rodean sin la cortes hipocresía necesaria. Las horas pasaban lentamente. Ni siquiera podía estirarme para apagar mi computadora. Tantas cosas por hacer. Siempre fui muy responsable y organizado. Sin embargo ahí estaba mi monitor encendido. Ni siquiera había tenido tiempo de cerrar el programa con el que trabajaba a diario. En ese momento, mientras esperaba que el reloj de la hora esperada y se abriera la puerta, reflexioné. Había pasado más tiempo en aquel lugar que en cualquier otra parte del mundo donde me hubiese gustado estar. Había estado demasiado tiempo acompañado por las personas con las que no quería estar. Comprendí que algo organizaba mi tiempo de esa manera sin yo poder hacer nada. Y así pasaban los momentos juntos con mi vida. Sin recompensa alguna. Nunca supe negociar.
El reloj dio la hora. Entonces fue que escuche el sonido de la puerta seguido de otro sonido, uno gutural, desagradable. Me petrifique de miedo a pesar de ya sabia lo que iba a acontecer. No era el primero en caer en la trampa. Lo escuchaba acercarse augurando mi triste fin. La telaraña comenzó a moverse. Se acercaba lentamente, ya podía sentir su hediondo respirar. ¿Quién me iba a salir de testigo? Con sus patas hacia tambalear los tensos hilos que me sostenían en el aire y me inmovilizaban. Tendría que haber guardado copia de aquellos recibos. Cuando estuvo lo suficientemente cerca como para que mis ojos lo pudieran ver, apoyó una de sus patas sobre mi frente, y mostrándome su sádica y podrida sonrisa, me dijo – Estas despedido.* Dedicado a Nanuna
2 comentarios:
Hola; necesito vuestra ayuda.
Mi nombre es Gustavo Cipollari y a traves del buscador de Google he venido a parar a este blog. Mi búsqueda: Marcela Blandi. Hace algunos años que no la he vuelto a ver y parece ser que se ha mudado ó cambiado de número de teléfono. Por la fotografía que vi se que es ella; madre de Camilita. No les pediría, claro está, que me pasen información directa de ella, ya que entiendo que tendrán vuestras reservas lógicas. Sí les pido el enorme favor de comunicarle (en la medida de lo posible) a Marcela que Gustavo Cipollari desea contactarla. Mi email es gcipollari@gmail.com y mi celular 156-846-8350 Gracias mil millones!!!
GENIAL!
mica
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